¡Dejemos el pánico!

Hemos sido inundados con un torrencial de noticias que describen un cúmulo de síntomas que nos distraen de la posibilidad de despertarnos y ejercer la vida, para darle el único sentido cierto: vivirla. Nos hemos convertido en una estadística viva de pretextos para encerrarnos en un terror colectivo, que sin desmerecer su existencia poco tienen que ver con las cifras impactantes de la pandemia del adolescente siglo que no es otra que la melancolía crónica, mejor conocida como la depresión, producto del pánico cultural inducido.

Nos venden un abanico de trastornos y enfermedades que van desde el Zika hasta el Sida, recorriendo entre estos los miles de síndromes y trastornos que sin duda existen, pero que terminan siendo un gran tráfico de etiquetas para que podamos sentir que pertenecemos a algo y así aliviar la desolación infinita por el pánico que nos genera afrontar la vida, mirar hacia nuestro corazón y saber que solo bajo la disciplina del alma podremos generar alguna transformación.
Es cierto que la gente muere de estas enfermedades, pero siguen siendo minúsculas frente a causas aún más impactantes que pasan por debajo de la mesa, quizás porque estas no son tan rentables para el enfoque publicitario que se le da a los padecimientos de moda que en el fondo siguen siendo un gran negocio para la industria de los medicamentos. Hoy no sabemos si esas estadísticas incluyen la cantidad de personas que mueren también por sobremedicación o efectos secundarios de muchos químicos.

Me impacta saber que en esta avalancha de evolución, veamos continentes llenos de hambre que se contraponen a los otros millones de personas que sufren de colesterol. Me sorprende mirar cómo la sed radical del mundo asesina con la barbarie más descabellada y sangrienta, en la que el silencio cómplice se hace eco, volteando la mirada al sufrimiento colectivo. Me indigna ver una sociedad drogada, adormecida de fantasmas vivos, producto de las adicciones de nuestros tiempos; me ruboriza ver ciudades grises, teñidas de violencia institucionalizada para hacer del crimen una forma de sentenciarnos y acorralarnos; me agrede el divisionismo social como ejercicio de adoctrinamiento.

Quizás estos temas están bajo la pupila sociopolítica del mundo, pero hagamos conciencia y bajemos las dosis de hipocresía para darles un enfoque humano y exponer las verdaderas cifras de nuestra tragedia a ver cuáles son los resultados. Si en verdad la gente está muriendo de trastornos clínicos o más bien están muriendo por dejar de vivir y tener que transitar en el colapso de terror en el cual nos han sumergido.

Un mundo con miedo es una hipertrofia emocional sin capacidad alguna de hallar pasos para transformaciones que despierten la conciencia. Es hora de abrir un espacio de coraje activo y empezar cada uno de nosotros a tallar un mejor destino.

¡Dejemos el pánico!

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